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11/4/2026

LOS OTROS HÉROES...

Los otros Héroes (Primera Parte)

Campaña del 56… Santa Rosa y Rivas…

 

La Villa de laBoca del Monte de San José amanecía con mucho movimiento, el parque central reuníagran cantidad de soldados, familias y boyeros. Un grupo terminaba de cargar unas cien carretas, con pertrechos militares, alimentos, mantas, ollas, mecates, yugos y barzones. Desde antes de las 2:00 a.m. las carretas llegaban al corazón de la capital de Costa Rica. Las ruedas golpeaban las calzadas y su canto rebotaba entre los techos con tejas y las paredes de adobe…

El sol aún no se colaba en lo alto del volcán Irazú, por lo que con canfineras y otras lámparas se medio alumbraban en aquella madrugada. Entre las sombras, algunas familias despedían a sus padres, madres, hijos, tíos y abuelos…  llantos, abrazos, besos y promesas de volverse a encontrar. Muchas familias no sospechaban que era su último adiós…

Las cien carretas estaban listas, los boyeros habían colocado los zunchos, luego tendido el toldo sobre las mercaderías para protegerlas. Un boyero de origen guanacasteco conocido como Güicho Pizarro, decía “Ocupamos todas las carretas bien enchopadas”. El boyero Marcos Bonilla* de Alajuela alistaba su carreta. Cuando socaban los mecates con los torcedores, un saco se abrió y en el piso de la carreta cayeron algunos totopostes, uno de los boyeros llamado Daniel Alvarado recogió unos dos y se los echó a la boca; primero había que suavizarlos con la humedad de la boca, ya que eran muy duros. Otro boyero de las tierras de Escazú, de apellido Sandí, le pidió a Daniel que le pasara unos totopostes para el camino…

Daniel – “Estos totopostes están ricos pero duros como buey viejo…”

Sandí – “Me los imagino en una buena jarra de café…”

Daniel –Terminemos de enchopar las carretas y alistar los frenos, tortoles y torcedores para el camino, esas cuestas del Aguacate son bien jodidas…

Unas seis carretas llevaban los utensilios de cocina: ollas, cazuelas, cafeteras enlosadas y comales para tirar las tortillas. Unos cuantos cucharones de madera y una docena de chorreadores bien grandes para el café de las mañanas, media tarde y por la noche… todo listo para atender a las mujeres y hombres que iniciaban la travesía hasta Puntarenas y luego hasta las tierras fronterizas con Nicaragua…

En una esquina del parque, María Fonseca despedía entre abrazos y sollozos a su esposo, ambos repitieron un fragmento del Padre Nuestro y María le dio la bendición y se persignaron. El silencio de la madrugada hablaba, aquel día, aunque era marzo, todo se sentía más frío, nadie quería que el reloj avanzara, nadie quería escuchar el adiós…

Cien carretas enfiladas hacia el oeste de la capital iniciaron la partida a la orden de don Juanito Mora Porras*. Un grupo a caballo, la mayoría a pie y al final cien carretas, doscientos bueyes y una centena de boyeros. Al ritmo de un tamborcillo tocado por un joven de Alajuela, el ejército marchó. Algunos güilas corrían detrás de la caravana de carretas y bueyes… muchas voces decían “Que Dios los lleve con bien”, “Que la Virgen los acompañe y proteja” … los soldados y la caravana de boyeros se perdía en las últimas calles de San José y en el parque central solamente se escuchaban sollozos…

En el contingente, un periodista y su pluma acompañaría al ejército, se encargaría de registrar cada día los acontecimientos más importantes… con su pluma y libretas mantenía al día a la población sobre el acontecer de la Campaña del 56-57… no solamente era bueno con la pluma, también se acercaba a los boyeros e intercambiaban saberes, ya que para don Rogelio Barrantes los barzones y chuzos no eran cosa ajena…

Tamborilero – pan pan parapan… pan pan parapan… pan pan parapan

Boyeros – “¡Jeza, Jeza!... ¡Gúi, Gúi!...”

Los boyeros marcaban el ritmo a sus bueyes, todas eran yuntas de raíces europeas, de esas llamadas Bos Taurus. Los boyeros don Manuel Fernández y don Toño Delgado comentaban de sus bueyes y del gran desafío hasta llegar a las tierras de Guanacaste. Don Toño hablaba con gran orgullo de sus bueyes, uno se llamaba Tapa e´dulce y el otro Sobao, sus colores era como estar en el trapiche, parecían un atado de dulce. Ambos boyeros eran de las tierras de Escazú y se conocían desde güilas.

Don Manuel – “Aquí llevo el caracol y tres compañeros más llevan los suyos. Siempre es bueno estar atentos y cualquier emergencia hacemos cantar el caracol…”

Don Toño – “Yo he tratado de sonar el confitero caracol, pero no me sale muy bien. Tengo que practicar más. El otro día practicando sonaba aquello como perro ronco… ambos soltaron la carcajada…”

Luego de la despedida, María Fonseca volvió a su casa, secaba sus lágrimas de las mejillas ya que no quería que sus hijos la vieran llorar… llegó a su casa, calentó un poco de agua y chorreó un poco de café y tiró al comal unas ocho tortillas para cuando sus hijos se levantaran… ese día el tiempo se había dormido… nadie quería que llegara la hora de ver a sus hijos, esposos, hermanos, tíos y abuelos partir…

Con las seis carretas dedicadas a cargar los utensilios de cocina, iban tres mujeres como parte del equipo de cocineros, que además de conocer del arte del boyeo, eran excelentes cocineras y se encargarían de mantener bien alimentados a los cien boyeros y todo el ejército. Una de ellas era Magaly Molina, su cuchara era famosa y ni qué decir de su olla de carne, ideal para esos días de lluvia… doña Chila era otra de las cocineras que caminarían con el ejército hasta las tierras tomadas por los filibusteros. Don Juanito Mora* y doña Francisca “Pancha” Carrasco* siempre agradecían la buena cuchara y por mantener con fuerza a los soldados y los cien boyeros…

El sol tomaba su curso, se lo sabía al dedillo, las sombras decían que eran como las diez de la mañana, al pasar por Alajuela se les unieron otros soldados… ese sol de marzo les indicaba que pronto debían buscar el sitio para el sesteo y que las yuntas descansaran un poco, tomaran agua y recobraran fuerzas para continuar el camino hacia las costas del Pacífico. El camino estaba lleno de árboles de mango y los boyeros no desperdiciaban oportunidad para apear algunos de los frutos más maduros. Los chuzos fueron ideales para golpear algunos racimos y llevarlos en las carretas, uno que otro buey disfrutó de las mieles de los mangos criollos…

Luego que los hijos de María desayunaron, tomaron rumbo hacia la iglesia la Dolorosa, querían rezar, encender unas velitas y pedir por protección para todo el ejército costarricense. Todos tenían la esperanza de vencer al enemigo y sobre todo devolverse a encontrar con sus seres queridos. Desde aquel día María visitaba la iglesia la Dolorosa unas tres veces por semana para rezar… ya extrañaba a su esposo y sus hijos no dejaban de preguntar “¿cuándo regresa papá?...”

Cuando caía la tarde, cien carretas llenaban con su canto las tierras de Atenas, a su paso por esta comunidad, aprovecharon y el ejército le compró unos cinco yugos a un tallador de yugos de apellido Rodríguez, este apero sería muy necesario para toda la jornada y sobre todo por si algún yugo se quebraba y se ocupaba sustituirlo. Don Elías les recomendó los yugos de madera de mango, muy resistentes y sobre todo para mover esas carretas cargadas por los Montes del Aguacate… la caravana y ejército pasaría la noche por estas tierras… la comunidad se acercó al campamento y les traían algunos dulces o mieles de la época… miel de chiverre, toronja, coco y ayote… todo era un manjar y hacía la jornada más agradable…

Don Uriel (Boyero trapichero) – “Estuvimos moliendo desde la madrugada y toda la familia Alpíza Arce quería obsequiarles estos dulces y de alguna manera reconocerles su valor y compromiso con la Patria. Al día siguiente su hijo Iván se uniría a la caravana histórica…”

General Cañas*– “Muchas gracias don Uriel, apreciamos el gesto, estos dulces luego de la cena siempre caen muy bien.”

El fogón ya estaba con las llamas ideales para preparar la cena, el campamento estaba listoy todos tenían hambre… los platos de latón se llenaron con plátanos maduros, arroz, tortillas y unos ricos frijoles con pellejo de chancho… picheles de aguadulce y café saciaron a los comensales…  los boyeros dejaron todo listo para el día siguiente, el campamento debía estar listo para continuar la ruta a eso de las tres de la mañana… la cocina cerró y las carretas se volvieron a llenar con las ollas, comales y cafeteras… todos a dormir, solamente los centinelas cuidarían el sueño de todo el contingente…

Muy de madrugada los boyeros Juan Fallas y Marco Ney chequeaban cada yunta, para que estuvieran en condiciones de continuar el viaje… barzones, fajas, frenteras, mecates y piezas de madera verde para los frenos de las carretas… en San Mateo buscarían un taller para comprar unas ocho ruedas de repuesto, ya que el camino cobraría una que otra rueda de las carretas… un poco de manteca de cerdo también sería importante comprar para mantener esos ejes de palo bien lubricados…

Taborilero –pan pan parapan… pan pan parapan… pan pan parapan…

Boyeros – “¡Jeza,Jeza!... ¡Gúi, Gúi!...”

En la capital, María se reunía con un grupo de mujeres cuyos esposos eran boyeros o soldados; entre ellas se podía escuchar a Yendry, Jennifer y María Morera… rezaban y se llenaban de esperanza. Mientras las esposas y madres rezaban, la güilada jugaba en el solar… las bolinchas estaban de moda, trompos y yaxes… ese ratito de juegos los distraía un poco y les daba la oportunidad de seguir siendo güilas…   ya a las 7 p.m. todos estaban nuevamente en sus casas. María marcaba en un almanaque cada día que pasaba… los boyeros ya deberían de estar llegando a Puntarenas… unos pocos tomarían algún bote y subirían por el Tempisque hasta Bebedero de Cañas, otros boyeros, sus carretasy bueyes seguirían por tierra hasta las tierras guanacastecas…

Algunos de los soldados y boyeros no conocían el océano Pacífico y no salían de su asombro, el boyero don Víctor Sánchez, Javier Chaves y los llamados Los Cusucos, ya habían admirado el Pacífico en muchas oportunidades, ellos transportaban café cada año, de tres a cuatro giras por año a las costas para entregar el grano de oro…Para muchos era todo un mundo por descubrir y mayor la sorpresa al sentir la sal de las aguas frente a Puntarenas… en la larga jornada desde el valle central, seis boyeros se enfermaron, tuvieron que buscar de camino como sustituirlos, algunos de ellos se quedaron en el puerto convaleciendo y ver si más adelantese unían al contingente con ruta a la frontera con Nicaragua… algunos deseaban continuar a pesar de no sentirse del todo bien, pero doña Pancha Carrasco* habló con cada uno y les recomendó quedarse en Puntarenas y tomar nuevas fuerzas…

Pancha Carrasco*– “Vean mijitos, yo sé que ustedes hicieron yunta con la Patria y su deseo es seguir con todos los amigos boyeros, pero hoy lo que es más importante es que cada uno de ustedes recupere la salud…”

Las encargadas de la alimentación, aprovecharon el tiempo en el puerto y buscaron como abastecer nuevamente sus seis carretas… maíz para las tortillas, un poco de achiote, tabaco y otros productos necesarios. Esos tres turnos diarios ya tenían la alacena casi en cero… Magaly, doña Chila su hija Wendy dialogaban del calor del puerto y de la necesidad de buscar unas tinajas adicionales para llevar suficiente agua para el trayecto… unas cantimploras de jícara seca se unieron al equipo de cocina, un tapón de tuza de elote sería ideal para no derramar el agua… el molejón que llevaban en una de las carretas, ya lucía gastado, ya que procuraban mantener sus cuchillos de cocina bien afilados… hasta los boyeros lo pedían prestado para mantener sus machetes con el mejor filo…

En San José, la Catedral lucía totalmente llena, el sacerdote en su sermón recordaba a los valientes que habían marchado con don Juanito Mora*… todos necesitaban escuchar palabras de esperanza… dos de los boyeros que llegaron enfermos a Puntarenas tuvieron que volver a la capital y esa mañana se pudieron unir a la misa… al salir de la iglesia las mujeres se daban palabras de apoyo entre las esposas delos boyeros y soldados… una que otra lágrima siempre se deslizaba por las mejillas… y los güilas siempre preguntando “¿Cuándo vuelve papá? ¿Cuándo regresa mi hermano? ¿Cuándo los volvemos a ver?...”

Las noticias decían que ya para estas fechas el ejército debería estar llegando a las tierras liberianas, a las carretas y bueyes los cubría un polvo fino blancuzco…sacudían las lonas o toldos de las carretas… la mayoría tenía mucho calor y el boyero de estas tierras don Güicho Pizarro les compartía agua de su jícara… el paso de las yuntas era más lento, eran bueyes más acostumbrados a lastemperaturas del valle central y el sol de la bajura los estaba golpeando… de hecho don Güicho, habló con su nieto Steven Villarreal y otros amigos guanacastecos para que buscaran algunas yuntas de la zona y que la tarea no se les hicieratan dura… esa noche la pasarían en las tierras de la marimba y de las tanelas… al día siguiente la ruta los llevaría más al norte… durante el camino algunos de ellos aprenderían a disparar los fusiles, ya que en una guerra todas las manos suman…

El periodista don Rogelio seguía llenando de historias y datos sus libretas… sus mejores armas eran la tinta y el papel…

Las cocineras, encargadas de que todos estuvieran sanos y fuertes, buscaron nuevamente abastecer la alacena… para los soldados fue muy rico cambiar unos días los totopostes por las ricas tanelas, rosquillas, arroz de maíz, gallina arreglada y no podían faltar las grandes tortillas, muy diferentes a las del Valle Central… doña Lidia Clachar y doña Ángela Montenegro, ambas guanacastecas, se encargaron de preparar este rico manjar de la cocina chorotega…   aquella noche algunas guitarras hicieron que se olvidaran por un rato de la razón por la que estaban en las tierras chorotegas… todos cenaron con buen apetito, las cocineras nuevamente se lucieron…el presbítero Francisco Calvo* dirigía cada noche un rezo y brindaba esperanza, aliento y fuerza a las tropas… algunos boyeros y soldados siempre traían con ellos sus rosarios, luego todos a dormir, solamente los centinelas hacían sus rondas en el campamento… a la distancia se escuchaban algunos cuyeos rompiendo el silencio de la noche liberiana…

El 20 de marzo estaba cerca, había tensión y silencio en el ambiente del campamento… de esos días en los que tenemos más preguntas que certezas… la Hacienda Santa Rosa cada vez estaba más y más cerca… los oficiales preparaban la estrategia, estudiaban las características del terreno de la hacienda… los boyeros baqueanos de la zona fueron fundamentales… las carretas se quedaron detenidas a la distancia del sitio del enfrentamiento, solamente hombres a pie para que la sorpresa fuera su mejor aliado… ese sol de marzo tenía los pastizales bien secos, los árboles ya habían donado sus hojas a los suelos polvorientos… los árboles de Guanacaste, Indio Desnudo y Guácimo fueron testigos de los movimientos del ejército costarricense…  

María tenía una corazonada, ella estaba inquieta, algo le decía su corazón… ella no sabía de los movimientos en Guanacaste, ni siquiera sabía que existía la Hacienda Santa Rosa… pero ese sexto sentido de las mujeres, su corazón, le decía hay que rezar, hay que rezar, hay que rezar… el abuelo de María, don Nito, igualmentese unía al rezo con sus amigos boyeros guayacanes don Miso y don Miro… todas las familias estaban unidas en oración y con sus hijos, padres, soldados y boyeros en sus corazones…

A lo lejos se escuchaban los disparos en la Hacienda Santa Rosa, había iniciado la batalla de aquel 20 de marzo, las detonaciones solamente duraron unos catorce minutos, fue una excelente estrategia… aunque se ganó la batalla, entre catorce y veinte costarricenses perdieron la vida y treinta y dos soldados ticos resultaron heridos…  las carretas se acercaron a la hacienda y cambiaron su función, reacomodaron la carga en otras carretas y las que quedaban libres se convirtieron en ambulancias… heridos, tres o cuatro por carreta… la sangre teñía las maderas de las cantarinas… unos soldados fueron atendidos y curados en los corrales de la hacienda y otros por la gravedad de sus heridas fueron enviados a Liberia, los fallecidos fueron enterrados en las tierras guanacastecas… ese 20 de marzo sus ojos y oídos vieron y escucharon por primera vez la muerte… se celebraba la victoria, pero el corazón dolía…

Tamborilero –pan pan parapan… pan pan parapan… pan pan parapan…

Boyeros – “¡Jeza, Jeza!... ¡Gúi, Gúi!...”

Una caravana de carretas tomó rumbo a Liberia con los heridos y los cuerpos de algunos de los soldados heridos que no lograron llegar a Liberia, el boyero Carmen Soto* de Alajuela encabezaba la caravana… el regreso fue en silencio, solamente se escuchaban algunos lamentos de los heridos… esos 35 kilómetros se hicieron eternos. Los boyeros vieron la muerte muy de cerca, las detonaciones aún seguían resonando en sus oídos… el padre Francisco Calvo* escribía en sus libros los nombres de los héroes caídos en batalla… En Liberia, el boyero Steven Villarreal y suprimo conocido como “Pariente” salieron al encuentro de la caravana de boyeros…don Andrés Sáenz*, cirujano del ejército había improvisado un hospital para atender los heridos. La ciudad blanca gritó de algarabía al recibir la noticiade la victoria en Santa Rosa y de inmediato corrieron a atender los heridos… al periodista don Rogelio Barrantes le dolía escribir en sus notas los acontecimientos y nombres de los fallecidos… hacía pocos días salieron juntosde San José y el camino se fueron conociendo, sus rostros se fijaron en sus retinas… al escribir sus nombres algunas lágrimas se deslizaron por susmejillas…

En la Hacienda Santa Rosa, don Juanito Mora*, presidente de Costa Rica y Comandante del ejército costarricense, dedicó unas palabras a las fuerzas victoriosas, guardaron un minuto de silencio y el Padre Francisco Calvo* dirigió una oración…   los oficiales ya estaban pensando en la estrategia para avanzar hacia la frontera y obtener la mayor información de los movimientos de William Walker* y su ejército… ya no era una guerra costarricense, ya se habían unido fuerzas de Honduras, Guatemala y El Salvador… ya era una guerra centroamericana…

Las noticias aún no habían llegado a la Capital… el silencio de las noticias hacía los días más tensos y largos… todos los días un grupo de personas se acercaba al cuartel en San José a preguntar por noticias…

El ejército siguió su camino hacia la frontera… el sol de marzo y abril no era aliado del ejército… el calendario avanzaba, se comía los días… las últimas noticias indicaban que el enemigo filibustero estaba atrincherado en la ciudad de Rivas, un poco más de 35 kilómetros desde la frontera… las carretas bien enchopadas eran de gran utilidad, brindaban buena sombra durante el recorrido… la caravanaya había cruzado la frontera… Rivas estaba cada vez más y más cerca… el General José María Cañas* encabezaría las fuerzas costarricenses…

Los boyeros seguían atendiendo sus yuntas y teniendo listas sus carretas… pasaron de transportar pertrechos militares, alimentos y otras mercaderías, a carrozas fúnebres y ambulancias… se tuvieron que armar de fuerzas y cargar los cuerpos y heridos… los boyeros acostumbrados a labrar la tierra, arados y bueyes… sembrar y recoger cosechas, ahora la guerra, la muerte había tocado las ruedas de las carretas…

El viernes 11 de abril la guerra tuvo otras dimensiones, el enfrentamiento se llevó todo el día hasta las primeras horas de la noche… las bayonetas olían a sangre y pólvora… las detonaciones de las armas fueron llenando de muerte las calles y casas de Rivas… la muerte hizo yunta con la pólvora y llenaron las carretas de cuerpos…la batalla fue encarnizada y el paisaje era dantesco al amanecer del 12 de abril…  las bajas en el ejército tico sumaban más de 125… aquel día el Tamborilero se inmortalizó…  los gritos de victoria estaban atorados en las gargantas… los gritos de victoria se ahogaron en el dolor de ver los compañeros caídos…

Boyero don Manuel – “Vamos compañeros, ahora hay que trabajar, tenemos todo el camino deregreso para llorar…”

Boyero Rolando Soto – “Es duro esto, es duro… las carretas huelen a sangre… sangre costarricense…”

En la Villa dela Boca del Monte de San José ya circulaban las noticias de la batalla de Santa Rosa y con las noticias de la victoria, también llegaron las listas de heridos y fallecidos… sentimientos encontrados… gritos ahogados y los llantos por las vidas truncadas… las mujeres seguían yendo a la iglesia a rezar… la fe te sostiene, pero la realidad igualmente es dura… ellas seguían caminando todos los días al cuartel general en búsqueda de noticias de sus seres queridos…algunas volvían con el corazón destrozado… las noticias de la guerra había tocado a la puerta de nuestros hogares…

Voces de mujeres – “¿Saben algo de Damián Alfaro*, de Genaro Torres? ¿qué saben de JuanSoto*… de… de… de…?”

La guerra hizo yunta con la epidemia del cólera… se abrió otro frente de batalla, este enemigo silencioso diezmó al ejército costarricense… la epidemia cortó los barzones y restó vidas… cerca de 10.000 personas de la población costarricense murió por esta causa, aproximado un 10% de la población total de Costa Rica…    todo cambió, todo cambió, son esos momentos cuando las palabras no alcanzan… Don Juanito Mora* dio la orden de hacer un impasse… volver, atender los heridos y retomar fuerzas…

Los boyeros combinaron sus roles entre cuidar bueyes, alistar carretas, tareas militares, por boyeros de carrozas fúnebres…    los Otros Héroes sacaron sus palas y les tocó enterrar, no solamente soldados,también amigos boyeros… los bueyes bramaron, los bueyes bramaron… sonaba a llantos, sonaba a dolor…     los Otros Héroe siniciaron el retorno a la capital… el mismo recorrido, pero el corazón sintió el doble de distancia… los boyeros de pronto tenían que alternar las fajas y barzones con vendas, entablillados, suturar heridas y dar consuelo…

De regreso alvalle central, el sonido del “pan pan parapan… pan pan parapan” no sonó más…

Los Otros Héroes, boyeros y cocineras marcharon rumbo al valle central, el huellón de la carreta fue acompañado de lágrimas… la caravana venía diezmada, faltaban héroes de chuzo, sombrero y barzones…

Los Otros Héroes…

 

 

En memoria de los arrieros (Boyeros) alajuelenses Juan Soto*, Marcos Bonilla*, Damián Alfaro* y Carmen Soto*, boyeros registrados en el libro de defunciones del Padre Francisco Calvo, Capellán del Ejército Expedicionario en la Campaña de 1856/57. Datos aportados por el investigador don Ronald Castro de Alajuela Histórica.

(*) Todos los nombres con asterisco son personajes reales de la Campaña Nacional de 1856. Los otros nombres en esta narración son boyeros y conocidos contemporáneos al 2026.

 

 

Alejandro Guevara Muñoz

Boyeotico

04 de abril del 2026

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